martes, 14 de diciembre de 2010

RECORDANDO UN CUADRO

GENERANDO VISTA PREVIA. Sala Amós Salvador. 2010

Visitaba hace unos días la casa de mis padres en Madrid coincidiendo con los cambios producidos por una reforma reciente cuando, al entrar al salón, me lo encontré de frente. Allí estaba, solemne, capitaneando la pared, nunca ha sido descolgado, el cuadro que miré cientos de veces en mi infancia en competencia con la televisión. No se imaginen que es un cuadro de marca, disculpen, de autor, no, es un cuadro de cristalería, grande, de dimensiones enormes para una casa tan pequeña. Y sí, han acertado, el asunto del cuadro es un paisaje, faltaría más, uno de esos de tierras ignotas sin ciervos ni cazadores. Un paisaje hecho de todos los paisajes, “un paisaje inventado”, dice siempre mi madre en voz baja. Es cierto, un paisaje que no reconozco en ningún lugar real, salvo en las descripciones compiladas en la maravillosa Guía de Lugares Imaginarios de Manguel y Guadalupi y en el propio cuadro quien se autentifica a sí mismo por el mero hecho de estar pintado. La localización en el salón no fue premeditada, de hecho no había otra pared que pudiera acogerlo, pero se daba la circunstancia de que el mueble que lo acompañaba en la sala tenía dos puertas acristaladas en las que se reflejaba al otro lado del espejo... Y qué distinto. Allí, entre el argumento pictórico y lo pintado he rebuscado una y otra vez porque estoy convencido de encontrar algún día el confín terrenal que representa, ya sea el de mis sueños o viajes, e ir aproximándome científicamente a las inquietudes del pintor que resumió en esta imagen un ideal desconocido, quizás la realidad que le dictaba su embriaguez artística, o la esencia de la belleza de lo neutro que escapa a juicios y se zafa del gusto viviendo la misma vida que nosotros. El asunto, está claro, es una vista del país no acabo de saber, donde una cordillera rivaliza encrespada al fondo en azules y tierras con un cielo sin nubes abatido y algo grisáceo. Frente al cuadro, las montañas en su mitad derecha se camuflan pintorescamente por los enormes y enhiestos árboles que mojan sus pies en el agua del río que se abalanza en cascada desde las cumbres para aquietarse en un primer plano mojando las piedras de una señorial casona a la izquierda, con su tejado a dos aguas. En sus orillas nadie podría atreverse a lavar ropa ni siquiera bañarse, pues la altura es mucha y la frialdad de las aguas la imagino polar, por mucho que el sol lo ilumine todo desde fuera del cuadro. Los reflejos del agua están logrados en su brillo y cadencia rítmica. Los recursos pictóricos para significar los troncos, las hojas y las gargantas de la montaña están resueltos por el pintor con un gesto de muñeca y paletilla a base de empastados pegotitos sin esfuerzo y mucho oficio. La exuberante arboleda siempre me pareció perfecta, ejemplar, digna de Il Correggio, mientras que la vegetación que brota cada centímetro cuadrado del lienzo parece crecer cuando no la miras y temes que, si no estás atento, crezca y acabe por devorar la casa, las piedras y hasta la pared de la que cuelga. Fue en esa pintura, qué fortuna la mía, donde invertí mucho tiempo en saber los matices de cada color, de cada pincelada, en tocar y tocar la superficie arrancando aquí y allá pedacitos de pintura y reconociendo por el tacto cuál era el empaste que aún conservaba aceite en su interior y qué parte del cuadro era el que palpaba. Y en verdad era una suerte que aquello fuese una auténtica pintura, o un cuadro pintado, según se mire, puesto que la única pintura que me rodeaba se encontraba en forma de Murillos serigrafiados en jarras de loza blanca para cerveza que servían para agrupar bolígrafos y notas, donde La Dolorosa estaba rodeada de Inmaculadas, niños y Los Borrachos de Velázquez en una mezcla de realismo social explosiva; El Perro de Goya en el fondo de un cenicero de metal que mi tío cegaba cuando venía a casa con sus cigarros habanos; Zurbarán y su San Hugo en el Refectorio en una lata de galletas que nos saludaba desde la mesa en el desayuno; una Bailarina de Degás en la portada del diario personal de mi hermana; Toulouse- Lautrec y sus carteles de Can-Can en una desaparecida colección de vasos de vidrio marrón para whisky; La Anunciación de Fra Angélico presidiendo el libro de la Primera Comunión; Y al fondo del mueble bar, escondido tras las copas de champán una reproducción postal de El Baño Turco de Ingres. Un más que dudoso museo que mi familia acuñó de forma inverosímil y que nos rodeaba sin escapatoria. Me entretendría en preguntarle a ustedes por sus particulares universos museísticos de la infancia para que comprobásemos cómo la pintura, las consideradas grandes obras de la historia de la pintura, las hemos disfrutado inconscientemente como piel de algún objeto indescriptible, y en lugares donde, solo en apariencia, cumplen una función decorativa decapitadas de su lugar de referencia. Aquella convivencia inocente, ocularcentrista[1], supuso entonces una pastilla alucinógena de concentrado de historia del arte que sin orden ni elección dudo haya corregido con el tiempo. Aquellos, para quien tenga la tentación de adjetivarlo, no eran objetos kitsch aunque pudieran parecerlo. Para mí siempre fueron objetos puente -también el cuadro del salón-, lugares para la contemplación que desafiaban a los lugares propios de la pintura pero que por estar desnortados, en el lugar equivocado, hacían grande lo vulgar, multiplicaban por diez la intensidad de la mirada consumiendo ese sesgo de indiferencia mejor que un paseo por cualquier exposición. No soy el único. La pintura sobreviene, se aparece a cada paso y no solo en forma de pintura, de colores por doquier, sino en fotogramas, frames, secuencias enteras... Llevamos andado un largo camino en la fusión de las categorías visuales y la pintura sigue emancipándose sin atisbar su agotamiento.


[1] BREA, José Luis. Las 3 eras de la imagen: imagen-materia, film, e-image [en línea]. www.joseluisbrea.net/ [Madrid, España], actualizado agosto 2010 [citado 10 septiembre 2010] capítulo I. Imagen-materia: Ocularcentrismo: visión y verdad. Disponible en World Wide Web: <http://3erasimagen.net/#ocularcentrismo>: "Bajo este particular modo de producción –pero quizás habría que decir mejor: bajo este particular régimen técnico de producción– la imagen pictorializa el mundo, lo produce como cuadro. Ella educa –forma– nuestro modo de organizar la visión; en aras de unas pretensiones añadidas de veracidad que el relato que la ampara sentencia como válidas: digamos que ella nos enseña un modo de ver, de mirar, que corrige el puramente espontáneo para tornarlo producto de conocimiento, modo construido –culturalmente enriquecido– de un saber adecuado. [...] la imagen-cuadro organiza la arquitectura de lo visible conforme a un cierto programa, de un modelo histórico- cultural".

Devastación

Fue mi último viaje a Roma lo que restaba de mis años de estudiante. Vía Veneto soportaba los envites del tráfico y el griterío del mercado como cada día. En esta estrecha calle, en el número dos, una bellísima mastaba de mármol se alzaba orgullosa reflejando el cielo en sus blancos muros, en ella vivía la que por entonces no dudaba en presentar como mi "refugio", mujer elegante, serena, poco gesticulante y de profunda mirada, tanto como las grietas de sus manos; escondite del tiempo plegándose sobre sí para no dejar escapar las caricias de aquellos hombres y mujeres nunca pronunciados, pero sospechados en sus juveniles labios, todavía carnosos, humedecidos cuando me besaban al atravesar la puerta de su inmenso palacio donde se agolpaban miles de pruebas de la civilización, millones de objetos impecables en forma, color y matices irreproducibles, mantenidos con los cuidados y perseverancia de quien se ha convertido en su guardiana, depositando en ellos todo su amor. Pasear por las distintas salas era siempre un ejercicio de agudeza para la mirada si es que en la última visita uno había cometido la osadía de hacerse acompañar por la urgencia, puesto que encontrar una sola de las piezas estudiada visualmente en anteriores paseos, era imposible. Las piezas eran los ejemplos más dignos de cada una de las culturas que, desde el principio de los tiempos, habían poblado la tierra . Errabundo entre los objetos, siempre en su compañía, atestiguaban lo inmenso de su riqueza, de su saber, aunque amontonados en las más de treinta habitaciones y sus comunicantes pasillos, resultara chocante. Tenía por costumbre, después de un primer contacto con lo que ella llamaba "testigos”, pasear, ahora sí, por la calle, caminando sin rumbo e imitando en nuestro andar a los turistas, a la deriva, interrumpiendo nuestros pasos al capricho de una circunstancia involuntaria, o de una buena razón culinaria. Aquel andar nos robaba horas y más horas, hasta que “refugio” consideraba revisitada la ciudad y de regreso a casa relataba con precisión los descubrimientos realizados aunque éstos no pasaran de ser calles asfaltadas, sombras donde antes luces, farolas nuevas travestidas de época y su continua perplejidad al observar que el verde ya no era el color del suelo, ni siquiera de los parques, sino de terrazas y balconadas con tristes plantas esquivando persianas, dirigiendo sus flores hacia abajo en un intento de reconquistar un lugar más acorde para la vida -ingenuas. Salvo estos últimos momentos de la tarde, apenas hablábamos y su voz, dos o tres palabras inconexas, se oían con más fuerza al acercarnos al Coliseum donde con su bastón, de puño y tacón metálicos, golpeaba los muros enérgicamente, desconchando el revoco en ocasiones y en otras arrancando piedras enteras con asombrosa precisión mientras, de forma casi inaudible susurraba “devastación”..., “devastación”. Nunca hacía un gesto que pudiéra calificar de violento salvo cuando golpeaba el Coliseum, nunca hablaba tanto como cuando golpeaba el Coliseum, nunca se esforzaba tanto por parecer otra como a los pies del Coliseum. Sus ochenta años no le permitían seguir ya desgastando la roca de sus enfermos muros en una acción que, no por observada, me resultaba comprensible. “Siempre en Primavera”, me dijo hace años, “cuando el invierno hizo ya su trabajo; cuando agua y sol se alían con mi labor”. Una labor agotadora que acababa en el único sillón de la casa utilizado para descansar y no sustraer espacio a las piezas, contribuyendo al abigarramiento. No fue así aquella tarde en la que se obstinó en acompañarme por las habitaciones en busca de los retazos de historia olvidados por los doctores y rescatados por ella para su colección. Cenotafio convertido en archivo para todos, puesto que nutría de piezas a distintas instituciones públicas y privadas que jamás supieron a quién agradecer los envíos. Aquí, en estas oscuras habitaciones se había reservado las mejores para sí misma: Un pequeño vaso argárico con decoraciones vegetales no geométricas que podría acabar con las teorías del ornamento en las primeras culturas; una inmensa crátera griega con dibujos orientales y personajes togados, tan peculiares, que parecían, al mirarnos, al mirarlos, intentar desvelar los secretos de tan impactante y rara imagen que acababa de raíz con los cánones de la antigüedad y los mapas de viajes; un pequeño boceto en terracota de Miguel Ángel, representando a tres personajes anudados en cuya base podía leerse claramente la firma del genio y otra de intrincada escritura, pero inequívocos signos, de un artista azteca… Aquellos tesoros se iban sucediendo en el silencio de nuestro dulce y casero paseo, estancia tras estancia, doliéndome los ojos ante las innumerables maravillas, cuando de repente, de un golpe seco, “refugio”, arrancó de mis manos la hermosa pieza de Miguel Ángel convirtiéndola en polvo. Y no se detuvo. Prosiguió con el resto de la habitación sin enfurecerse, fría, con aplomo, sin aspavientos ni lágrimas, estantería por estantería, empujando de sus lugares a cada una de los “testigos” mientras yo intentaba, confuso y asustado, algún gesto que me sacudiera de mi estado y me permitiera comprender o correr. En ningún caso intenté detenerla, no podía, no sabía, el ruido me rasgaba y el espectáculo era extraordinario. Sin recordar cómo, corrí atropellado a la habitación griega para proteger a mi favorita, la crátera, testimonio del fracaso de la historia. Pero también ese intento fue fallido pues me encontré de frente con el metálico y mortífero bastón de “refugio” destrozándolo todo y todas y cada una de las piezas a las que consagró su vida. No paró hasta desmigajar cada pedazo, cada fracción, sentándose después en aquel sillón, repitiendo dos veces “... al fin tranquila”…, "... al fin tranquila", para después enmudecer. Nunca he podido recordar si me despedí de ella. Nunca he olvidado como mis pies iban apartando los cascotes y el polvo sin reconocer ni uno sólo de los tesoros que ahora ya no eran más que basura; yacimiento. Desde la puerta, confundida entre sombras, la miré, y pude ver en sus ojos la tenue luz que entraba por ventana amaneciendo, esa es la última imagen que guardo del día de la devastación. Murió la mañana siguiente. Permanecí en Roma el tiempo suficiente para explicarme lo sucedido. Aún no lo sé, aunque, hoy, soy yo quien en mis viajes a Venecia, con el bastón de puño y tacón de metal heredado he hecho de este capricho mi refugio en el que todas las tardes del año, especialmente en Primavera, salgo a pasear por la ciudad, sin rumbo, hasta llegar al recodo de un estrecho canal, cerca del mercado, donde hundo mi bastón en el agua haciéndolo girar formando un leve remolino que con seguridad, pienso, desgasta los cimientos del que se ha convertido en el objeto de mi “devastación”.